Publicado
por AS |
Hay cosas que no se aprenden en el
instituto, en casa ni en la universidad. Y eso hoy se nota. En los tiempos
modernos ¿hace alguna gente el ridículo en las comidas
de negocios? Sí, mucho, responden en las academias de modales.
En Europa y en Estados Unidos, las
clases de protocolo están reservadas a pocos que cuidan su imagen. En Japón y
ahora en China, la universidad refuerza lo que se aprendió en la familia y en
el instituto. Al mismo tiempo, la televisión se encarga de que se desaprenda
rápido.
I
Si alguna de esas academias nos
enviara un explorador, no dejaría de sorprenderse. Se hace aquí todo lo que
allí dicen que no se debe.
Sobre lo que no se debe habla Ann Van
Wijck y uno toma nota:
1 . Escoger mal el sitio,
2. Al escoger el menú no dar
importancia a los gustos del otro,
3. Pedir los vinos por la
columna derecha (la de los precios),
4. Pagar en efectivo y en forma
ostensible,
5. En la conversación, ir directo al
grano entre el segundo whisky y la entrada (porque es demasiado lejos esperar
hasta los postres), y
6. Instalar en la mesa, al lado del
tenedor o la cuchara, dos celulares bien visibles y en constante uso.
La señora Van Wijck estaba contenta y
a la vez, de sofoque. Me explico: La habían enviado desde la revista de
negocios en Londres a hacer un reportaje. No aquí, sino en Chicago y California
para retratar comportamientos ridículos del mundo de los negocios en la mesa.
Se le ocurrió pasar primero por Caracas. A saludar a una amiga. Ésta recurrió a
su círculo de íntimos para pasear a la visitante por escenarios de interés.
Fueron a dos sitios nuevos de moda, a uno clásico, y a dos parrilladas.
“Tener mucho material bueno antes de
llegar” (a donde la enviaron) confesó. Los íntimos de la amiga hicieron bien su
trabajo. Lograron ubicarla en mesas cercanas a sus objetivos.
Así pudo ver en primer plano la
cultura del celular sentado en el almuerzo, y a caballeros pagando billete
sobre billete la cuenta de la mesa. ¿No tener secretarias para encargarse de
eso? A las secretarias no se las lleva a las reuniones de negocios, y los
restauradores vaya uno a saber porqué, no envían facturas. Cobran antes de que
el comensal salga, se le explicó.
En tres oportunidades en diferentes
sitios observó cómo quien era ostensiblemente el personaje principal en la
comida, abandonaba la mesa y salía del local. ¿Adónde va? Al estacionamiento.
Las llamadas privadas importantes deben atenderse, le explicaron. ¿Y qué hace
el que se quedó solo? Aprovecha para hablar por sus dos celulares.
II
“Sólo viéndoles comer, se conoce de
verdad a los amigos”, sostuvo en su tiempo Brillat-Savarin (1755-1826).
Observando lo que pasa aquí en las comidas de negocio, quizás no sea mala idea
pedir que fijen ésa frase como cartel, al lado de los que prohíben portar armas
y fumar en algunos restaurantes. Quien quita. Quizás alguien la lea.
"La revolución no turbó jamás mis digestiones". Así se expresaba el célebre gastrónomo francés, Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826), autor de La fisiología del gusto (1825), código universal del buen comer. Magistrado de profesión, apreciaba la comida en compañía. Solía decir: "Sólo viéndoles comer, se conoce de verdad a los amigos". Y añadía: "Dime cómo comes y te diré quién eres". El sibaritismo de Brillat-Savarin acabaría por quebrantar su salud. El médico le prohibió todos los vinos y no pocos manjares. Con entereza, Brillat-Savarin prometió someterse a la dieta prescrita. Pero el galeno le visitó un día a la hora de comer y como le hallase sentado ante una mesa profusamente abastecida, le dijo, enojado:
-¿Es así cómo observáis mis prohibiciones?
- Me habéis prohibido tomar todo esto -respondió el gastrónomo-, pero no deleitarme con su contemplación. Y así lo hago.
-Y eso, ¿no es peor?
-No. Para quien, como yo, no puede alimentarse sino de conversaciones.
Entre caníbales
Cultura para masticar
Patricia Rodón y Walter Gazzo
miércoles, abril 12, 2006
Entre caníbales

-¿Es así cómo observáis mis prohibiciones?
- Me habéis prohibido tomar todo esto -respondió el gastrónomo-, pero no deleitarme con su contemplación. Y así lo hago.
-Y eso, ¿no es peor?
-No. Para quien, como yo, no puede alimentarse sino de conversaciones.
Entre caníbales
Cultura para masticar
Patricia Rodón y Walter Gazzo
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