Carlos Fierro con un grupo de egresados del Diplomado en Gastronomía de la UJAP

Carlos Fierro con un grupo de egresados del Diplomado en Gastronomía de la UJAP
Carlos Fierro con un grupo de egresados del Diplomado en Gastronomía de la UJAP del cual fue su Coordinador al inicio. GASTRONOMIA (del griego γαστρονομία)es el estudio de la relación del hombre con su alimentación y su medio ambiente o entorno.Gastrónomo es la persona que se ocupa de esta ciencia. A menudo se piensa erróneamente que el término gastronomía únicamente tiene relación con el arte culinario y la cubertería en torno a una mesa. Sin embargo ésta es una pequeña parte del campo de estudio de dicha disciplina: no siempre se puede afirmar que un cocinero es un gastrónomo. La gastronomía estudia varios componentes culturales tomando como eje central la comida.Para mucha gente, el aprender a cocinar implica no solo encontrar una distracción o un pasatiempo cualquiera; pues cocinar (en un término amplio) es más que solo técnicas y procedimientos... es un arte, que eleva a la persona que lo practica y que lo disfruta. Eso es para mi la cocina, con mis obvias limitaciones para preparar diversos platillos, es una actividad que disfruto en todos sus pasos, desde elegir un vegetal perfecto, pasando por el momento en que especiamos la comida, hasta el momento en que me siento con los que amo a disfrutar del resultado, que no es otro más que ese mismo, disfrutar esta deliciosa actividad o con mis alumnos a transmitirles conocimientos que les permitirán ser ellos creadores de sus propios platos gracias a sus saberes llevados a sabores

viernes, 7 de julio de 2017

Nuestro primer vino de maíz

TAL CUAL 24-06-2017
MIRO POPIC @miropopiceditor

Más que vino, era algo parecido a lo que hoy llamamos cerveza
El relato de la bebida en Venezuela está signado por un curioso determinismo histórico como fenómeno ajeno a nuestra voluntad, donde las condiciones en que se produce escapan a cualquier decisión razonada y todo parece curiosamente preestablecido, con el azar ausente, donde los porfiados hechos nos liberan de toda culpa.
Comenzó un día viernes del 3 de agosto de 1492, media hora antes de la salida el sol, cuando el Almirante Cristóbal Colón zarpó del puerto fluvial de Palos de la Frontera con sus tres naves y 129 tripulantes navegando el río Tinto rumbo a la mar océano. Para hacerlo más sencillo.
Si quien nos descubrió salió de un puerto llamado Palos surcando aguas alusivas al color del vino, nada de raro tiene que para un venezolano el irse de copas se defina como caerse a palos y el estar bebido como estar paloteado. Ni que el color de nuestra selección nacional de fútbol sea el del vino tinto.
No podemos culpar a Colón ni a los hispanos de haber introducido en el territorio las bebidas alcohólicas. Estas ya existían incluso desde antes de que se inventaran las arepas. Que se haya equivocado en su interpretación, es otra cosa, pero de que a todo el mundo le gustara echarse unos tragos de vez en cuando, de eso no hay duda.
En la bitácora de su tercer viaje, cuando toca por primera vez tierra firme continental, agradece que en su primer contacto "...
hicieron traer pan y de muchas maneras frutas y vino de muchas maneras blanco y tinto, más no de uvas: debe él de ser de diversas maneras, uno de una fruta y otro de otra... y parece que aquel que lo tenía lo traía por mayor excelencia y lo daba en gran precio".
Equivocadamente a ese primer trago en el nuevo continente lo llamó vino, aunque estaba consciente de que no era de uva, como el vino castellano que guardaba en las bodegas de sus naves, sino de alguna fruta o de una simiente que hace una espiga como una mazorca llamada maíz.
Más que vino, era algo parecido a lo que hoy llamamos cerveza, alcohol producido con la fermentación de un cereal.
Américo Vespucio, en su recorrido por las costas orientales de nuestro país, en 1499, tuvo oportunidad de navegar las aguas de la península de Paria y, en uno de esos desembarcos, cuenta que "nos dieron de beber tres suertes de vino, no de uvas, sino hecho con frutas como la cerveza, y era muy bueno".
Simón del Verde, amigo de la familia Colón, en una carta donde cuenta el tercer viaje del almirante, insiste en que encontraron en tierra firme, "una nación de mejor condición que las halladas hasta ahora; tienen viviendas buenas y cómodas, muchas comidas, y también vinos blancos y tintos, pero no de uvas".
Son abundantes y documentados los testimonios posteriores de los escribidores de Indias donde dan cuenta de la transformación del maíz en bebida alcohólica a la que eran aficionadas las grandes mayorías, no solo con fines ceremoniales sino simplemente como diversión y compensación por las amarguras de la vida.


TAL CUAL 01-07-2017
Igual que en todas las demás culturas del mundo, lo consideraban un milagro
¿A qué sabría ese vino de maíz que bebían nuestros antepasados antes de la llegada de los europeos? Galeotto Cey es uno de los pocos, si no el único, en describirlo, diciendo que tardó diez años en probarlo y que luego de una enfermedad se vio obligado a hacerlo: "es como beber vinagre aguado, o para explicarlo mejor, enjuague de bocal de dos días".
Obviamente su referencia gustativa era el vino de uvas por lo que la cata comparativa no procede y su observación tiene más un valor testimonial que organoléptico.
Cey es el primer reportero que vivió in situ los inicios de la conquis-ta y el poblamiento hispano en Venezuela. En su relato nos habla de cómo los indígenas preparaban chicha del mismo maíz con que hacían las hallacas: "De este grano hacen los indios además una bebida, del mismo modo que la de raíz de yuca, y de otra forma asan el maíz sobre una tortera, después lo muelen un poco y lo ponen a cocer con agua, y un poco de pan, del de las hallacas, masticado, y luego de bien hervido lo ponen en ciertas vasijas a reposar, y al cabo de dos o tres días está listo para beber: lo que sale primero, claro, lo llaman algunos "carato" otros "pichi-puro" y otros "chicha", a lo que resta que es como agridulce llaman "mazzato".
Así como hoy tenemos diferentes vinos, unos cotidianos, otros de reserva, y los grandes crus franceses, la chicha indígena podía ser para consumo diario o para actividades ceremoniales. El jesuita italiano Felipe Salvador Gilij, quien fue misionero en la Provincia de Venezuela por die-ciocho años desde 1748, y escribió el valioso Ensayo de Historia Americana, se refiere a esta bebida diciendo que una es buena para embriagar y otra solo para aplacar la sed. De la primera anota dos clases: "la una, diremos así, diaria y la otra de fiesta, la una trivial, y la otra noble.
He aquí la ordinaria buena, que se hace de maíz machacado. A las mujeres, como yo decía, corresponde prepararla". Para la fermentación del grano empleaban dos tipos de levadura, una hecha con batata dulce cocida y otra más peculiar de saliva humana: "Mientras se cuece por las indias la indicada cocción están al lado de ella dos mujeres, jóvenes por lo general, las cuales a dos carillos mastican granos de maíz para llenar una totuma, la cual se vacía después, y se mezcla dentro de la olla, como dijimos, batatas cocidas y machacadas. Cosa más repugnante no puede pensarse. Y sin embargo estas bebidas son tenidas allí por sabrosas... Yo probé más de una vez la una y la otra chicha, y no sabría a cuál de las dos dar preferencia".
Siglos antes de que el científico francés Louis Pasteur estudiara los procesos de fermentación y la acción de los organismos vivos, antes, mucho antes de que se inventara la palabra levadura, nuestros primeros compatriotas sabían que el azúcar de las frutas y los cereales podía convertirse en alcohol para ser bebida de múltiples maneras, aportando momentos de felicidad a los afortunados que lograban acceder a ella. Igual que en todas las demás culturas del mundo, lo consideraban un milagro que había que agradecer a los dioses. No podía ser de otra manera.

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