Carlos Fierro con un grupo de egresados del Diplomado en Gastronomía de la UJAP

Carlos Fierro con un grupo de egresados del Diplomado en Gastronomía de la UJAP
Carlos Fierro con un grupo de egresados del Diplomado en Gastronomía de la UJAP del cual fue su Coordinador al inicio. GASTRONOMIA (del griego γαστρονομία)es el estudio de la relación del hombre con su alimentación y su medio ambiente o entorno.Gastrónomo es la persona que se ocupa de esta ciencia. A menudo se piensa erróneamente que el término gastronomía únicamente tiene relación con el arte culinario y la cubertería en torno a una mesa. Sin embargo ésta es una pequeña parte del campo de estudio de dicha disciplina: no siempre se puede afirmar que un cocinero es un gastrónomo. La gastronomía estudia varios componentes culturales tomando como eje central la comida.Para mucha gente, el aprender a cocinar implica no solo encontrar una distracción o un pasatiempo cualquiera; pues cocinar (en un término amplio) es más que solo técnicas y procedimientos... es un arte, que eleva a la persona que lo practica y que lo disfruta. Eso es para mi la cocina, con mis obvias limitaciones para preparar diversos platillos, es una actividad que disfruto en todos sus pasos, desde elegir un vegetal perfecto, pasando por el momento en que especiamos la comida, hasta el momento en que me siento con los que amo a disfrutar del resultado, que no es otro más que ese mismo, disfrutar esta deliciosa actividad o con mis alumnos a transmitirles conocimientos que les permitirán ser ellos creadores de sus propios platos gracias a sus saberes llevados a sabores

lunes, 29 de abril de 2013

Sabor a clásico Muchos genios literarios han recurrido a la comida para caracterizar personajes y ambientes Convertimos el Día del Libro en una fiesta gastronómica FOTOGALERÍA Menú para el Día del Libro MIKEL LÓPEZ ITURRIAGA / MONICA ESCUDERO 22 ABR 2013 -

La comida está hasta en la sopa. Como ingrediente esencial para nuestra supervivencia, aparece en toda clase de manifestaciones culturales, incluida la literatura. Pocos escritores se han resistido a utilizarla como motivo de inspiración, elemento de la trama o herramienta para impactar al lector. Lo que comemos habla de nosotros, de nuestra clase social y del ambiente en que vivimos. Por eso los escritores han utilizado la comida para caracterizar personajes y situaciones. Los ejemplos son incontables. Por citar solo tres obras maestras, recordaremos que el Lazarillo de Tormes se nos habría grabado menos en la memoria sin su vino y sus uvas, Leopold Bloom no sería el mismo sin la casquería que le hizo comer James Joyce en Ulises, y a Moby Dickle faltaría un capítulo si Herman Melville no lo hubiera empleado en conseguir que oliéramos las sopas de almejas de Massachusetts.
Por el Día del Libro servimos un homenaje a la gastronomía con cinco recetas que reinterpretan platos aparecidos en clásicos. Un menú con los duelos y quebrantos que Cervantes mencionó en El Quijote; una legumbre del Madrid de Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós; unos picantones inspirados en las aves rellenas de Las mil y una noches, y un postre que no podía ser otro que la bollería más famosa de la historia de la novela: la magdalena de Proust, capaz de desencadenar la catarata de recuerdos que inunda En busca del tiempo perdido. Y para beber, tuneamos el whisky con soda de Holden Caulfield en El guardián entre el centeno.

Para muestra un botón:

Magdalenas para la memoria

El referente gastronómico más representativo de la obra "En busca del tiempo perdido"
de Marcel Proust-

“Abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior”. En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
Ingredientes para 1 kilo aproximadamente: 4 huevos, 250 gramos de azúcar, 250 gramos de mantequilla, 250 gramos de harina, ½ limón.
Derretir la mantequilla y enfriar. Precalentar el horno a 190 grados. Separar las yemas de las claras. Batir las yemas con el azúcar hasta que la mezcla se ponga de color amarillo pálido y esté espesa. Añadir la mantequilla, el zumo de medio limón y la harina tamizada (se puede hacer con un colador). Batir las claras a punto de nieve e incorporarlas a la masa con una espátula o cuchara de madera. El secreto es hacer movimientos semicirculares envolventes. Echar una cucharada colmada en cada molde (si son grandes, dos). Cocer en el horno durante unos 20-25 minutos.
  • Foto:Vicens Giménez

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